sábado, 16 de noviembre de 2013

Poemas de "El ángel y las redes" (1959) / Alfredo Veiravé (I)


El ángel y las redes

Qué objetos y qué palabras nos designan
ahora? Qué estados de la ternura universal
de los animales y de los vegetales
y de las finas arenas del crepúsculo
convocarán nuestras almas, cuando ya no estemos?
Sí, María, porque uno está en el mundo
y rueda hacia sí mismo
de aquí para allá, y deja las ciudades,
su casa natal, las lámparas del pueblo
encendidas en el fondo de un río
y también los cielos
y los sueños.
Y uno crece, y un día
entiende que ya no es un melancólico adolescente
y que las cosas de la vida no son tampoco
tan claras y descifrables
como cuando los días se quedaban en nuestras
cinturas de muchachos jóvenes, zambulléndonos por ahí
en tajamares perdidos en medio de pajonales
y en horizontes de la patria calcinados por el sol
de la siesta, y que aquellos miedos del corazón
partidos por el canto quejumbroso de la paloma torcaz
venían no solamente de afuera, sino
del abismal y oscuro cauce de un espíritu derramado;
y uno comprende que el mundo es
una infinita red de relaciones,
y que en todos nuestros actos
siempre estamos uniendo
y desuniendo
lentos y luminosos hilos, en el fondo de cuyas redes
hemos de encontrar algunos signos, la nervadura
de una hoja, o simplemente un rostro y un alma
en cuyo vórtice caeremos
hasta salir purificados en el dolor
por el otro extremo. Y si entramos en una muchacha
cuyo destino de amor nos signa de ramas desnudas
y de lloviznas en el otoño, y si alguna vez
decimos sencillamente que no, o estamos tristes
de cualquier tristeza; y somos testigos de los días
que nos devoran sin corrompernos ni destruirnos.
Y si mi alma tiene un ángel primitivo
y designado. Y si la tuya, María, es como la del amor,
la Vida, seguirá tejiéndonos a los dos
en tramas celestiales en cuyo fondo
-después del dolor y de la soledad-
estará Dios cuyo centro es la Divinidad
y el goce perpetuo de unas pocas cosas elegidas.

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La fotografía

He aquí sobre mis papeles tu fotografía
con un gesto casi alado en la mano que sostiene
una flor, en este mes de enero
y aunque estemos ahora separados
esa hora tiene todavía en el centro de sí misma
un tiempo que ya no fluye hacia el futuro
sino que pertenece al corazón y en él se queda.
La imagen de la que en verdad eres
cuando hablas y cuando ríes, cuando estás viviendo,
y puedo sentir alrededor de ti
la pleamar de tu cuerpo
no es esta imagen pasajera de la fotografía, es sí
una ligera alusión: la humedad de la arena del mar
que se hunde por el otro lado en continentes desconocidos,
la hoja seca conservada entre las páginas de un libro
-unidad de los bosques- y cosa que recuerda
a los jugos vegetales ascendiendo lentos en el encierro
oscuro y primitivo de anillos interiores
y ramas altas en el viento; es la palabra
en que intentamos apresar
algunas cosas presentidas en el alma
como un ligero temblor
en el minuto fugaz en que el sol cae sobre nuestro rostro.
Y así el tiempo
devorándose los días y las imágenes de nosotros mismos
es ligera alusión y descifrable signo
de nuestro destino, de nuestra finalidad concéntrica
y ascendente.
Y esta muchacha que está aquí ahora,
sobre mis papeles,
vuelve, no de imágenes madura
y sí de amor, de flor cuyo centro no es ella sola,
sino también este vasto pecho mío donde la celebro
aunque estemos separados.

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Pequeña canción de amor

Tu cuerpo es la casa de mi alma
y el mío dela tuya, habitamos
aposentos materiales distintos, idénticos,
y las mismas raíces nutren ahora
tantas cosas desconocidas y simples.

Tu cuerpo es la casa de mi alma
y el mío de la tuya. En el tuyo crecen
trebolares frescos (y ya no tenemos palabras,
entre tu boca y la mía hemos puesto
el jugo vegetal de los tallos
y el silencio
de las hierbas). Mi cuerpo es de nieblas apenas,
pero transparentes en tu amor. Y tú eres ahora
este mes de noviembre tan frágil, y aquí vivimos,
crecemos, nos vinculamos. Y somos la alegría natural
mientras la ternura alza tu rostro
y tus cabellos de trigo madurado, y la vida es lo que se da
y lo que se toma, lo que queda, lo que descubrimos.

Mi cuerpo es la casa de tu alma
y en ella estás cuando amanece, en el mediodía
lleno de sol que recorren los hombres, y en las tardes
donde flotan campanas de aire que tienen, en mi alma
el color de las últimas rosas. Y la vida es hermosa,
y sube de ella un cántico
que ha de conducirnos.


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Convalecencia

Esta forma nueva de mirar las cosas
de todos los días
como si recién hubieran nacido!
Visteis el parque bajo la luz de la nueva mañana
y la fuente aérea y remota y los árboles
en qué luz, casi deshaciéndose al soplo
de melancólicas vibraciones, y la calle, otra vez
esta mañana, tan lleno delantales blancos
no se sabía ya si
eran flores o personas, todas tibias
dentro de mi corazón?
Visteis, acaso, su paso pequeño a mi lado, temblorosa,
indecisa, sobre el pie suave? Y toda su alma
y su cuerpo como recién nacidos?
Hoy he pensado al lado de mi enfermera
si podríamos resistir el golpe
de todos los días, convaleciendo así,
de la sangre en su justo medio, de la temperatura
de todos, cerca de esta suavidad
con que ella
va tocando la mañana
en la luz
del
parque…

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El iris del ojo

Esta mañana, esta mañana sola, clara y brillante
de un sol maduro, y al mismo tiempo leve sobre
las enredaderas, las hojas, las paredes,
he mirado un espejo recíproco, el haz de fibras
donde se reflejan todas las cosas que uno ve
y donde están señaladas todas las enfermedades
del cuerpo, ya pasadas, remotas, deshechas
y vueltas al organismo; y como en la enredadera
brilla el sol ahora, en esta mañana, iluminando
a través de las esferas de los planetas,
las débiles y desconocidas hojas, en el iris
del ojo, se enlazan entre líquidos, nervios
y colores de hojas secas, todos los momentos
vividos, y los dispares brillos del Espíritu
trepando entre viejas lesiones, y las heridas
que el tiempo ha vuelto al principio
de la infancia, y uno recuerda y agradece
la plenitud de tantos días que suma
este pequeño iris, diminuto viajero
desapercibido en medio de la multitud.

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El hombre en los pajonales

Un domingo de otoño en la ciudad de Buenos Aires:
multitud de la memoria y rapto apacible de las horas
con un hálito de tiempo que viene y se queda
en la mirada abandonada;
se enreda en la pupila en aguas de un verano
de ríos y espinillos
y vuelve a formarse en imágenes de soles ardientes
la agachada figura de un hombre visto allá lejos
en los pajonales, cerca de la orilla
encerrado entre ramas de una isla del río Gualeguay;
íbamos en el bote de regreso chapoteando
entre el agua del “río muerto”, brillante
en la luz del mediodía, con César, el amigo,
y mi hermano menor;
aquel hombre se quedó en las orillas
sin alzar siquiera la oscura cara quemada y reseca,
en la retino estuvo un instante y luego se sumergió
en el olvido, mientras pasábamos los tres
a la orilla de nosotros mismos,
riéndonos, empujando el bote pintado de azul
bajo el sol de aquel verano.
Y hoy todo aquello vuelve con el recuerdo
en una melodía fugaz
que levanta pesadamente su vuelo y como una garza blanca
se aleja en un planeo islero hacia el otro lado del agua;
nosotros, ahora, como los camalotes
miramos aquello de ayer (nosotros, camalotes
que arrastra el agua al tiempo que gira
sobre el río, con el movimiento silencioso
de los astros)
y detenidos en nuestro quieto verdor
alzamos la Memoria hacia el hombre de los pajonales
cuya imagen seguirá quemándose bajo el sol,
en nuestra cabeza,
hasta que la Muerte del tiempo lo libere.

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La mano

Las líneas que cruzan la palma de la mano
tejen una alfombra de hilos cruzados,
triángulos y montes. Estos huesos cubiertos,
los abismos y las venas, las tormentas
y el pergamino ajado y brillante de la piel,
allí, sobre la palma de la mano, parecen decir algo,
llamarnos hacia el fondo de seres queridos,
de tardes anteriores, hacia el rostro
de la pequeña muerta
cuyas mejillas estarán ya caídas en el polvo;
y nos quedamos mirando allí
las hojas de la vida y de la muerte, el pálido
amarillo de las caras que ya no tenemos,
el odio o la miseria enredados
bajo estas aguas casi soñadas, bajo el tejido
astral y señalado que en un momento cae
como un relámpago sobre la memoria, y dice cosas
que ella sola descifra adentro del cuerpo,
de las distintas personas, de la sal, del agua,
y de la sangre
circulando por nosotros, y dice algo, algo
que ya hemos olvidado.
Una estrella se ha formado en la palma
de la mano, en la noche ha surgido
y cruzando el cielo
ha desaparecido.

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Los paraísos del cementerio de Gualeguay

Fuimos tomados de la mano, bajo los paraísos
al lugar donde un día enterrarán mi cuerpo,
sumergidos en preguntas y silenciosas, dulces aguas,
la vida sonreía, y el otoño
derribaba sus hojas y sus flores
entre el canto de los pájaros.
Bella luz, gracia caída en medio de los cuerpos,
la muerte impulsa sus dedos victoriosos
sobre nuestros ojos, viajeros de la dicha.
Desde la infancia llevamos los días
como burbujas de inmensas llanuras,
de infinitos sueños, hasta que la infinitud
se abre, dentro nuestro.
Desde el nacimiento, desde los vientres germinados
esparcimos las semillas henchidas y fragantes,
y el no morir del todo está en nosotros
como un grito, o el destello de un hambre insatisfecha
hasta el amor, como estos árboles eternos
que contemplan el suave descenso de las estaciones
sobre el canto de sus flores celestes,
caídas entre las tumbas
y vueltas al vientre de la tierra creadora
y del Dios
que las convierte en lecho de nuestro sueño, en ella.

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La taza de té

La cuchara dando vueltas en la taza de té.
La mano delgada atareada en seguir un espiral
de hojitas pequeñas y oscuras, y de pronto
el rayo de un pensamiento o una distracción
de a constante, implacable lucidez.
Alrededor de la mesa charlábamos, como siempre,
de esas cosas que ocurren a diario y,
por qué no, quizá entonces éramos felices
sin advertirlo, mientras la conversación
iba y venía entre los objetos sin detenerse
como se había detenido mi mirada al pasar
sobre la piel tibia de un saco negro, otoñal,
o como podía detenerse, en ese momento,
el tic tac del gran reloj del comedor
sin que nadie lo advirtiera.
Alrededor de la mesa estábamos reunidos
simplemente juntos, como todos los días,
mas hoy una música interior, el aletazo
de unas palomas oscuras, el suave azul
de las glicinas, quizá, subió de pronto
por mis manos a la cara
y me distrajo alejándome
o llamándome
desde el fondo de la espiral líquida
de mi taza de té, y ya no fui yo.
No fui en ese momento el mismo:
empleado, amante, egoísta, ni siquiera hombre
rotulado con un nombre determinante y sonoro.
Afuera, es preciso decirlo, ocurrían todas las cosas:
los árboles volteaban sus hojas carcomidas
en la tarde fría de mayo, la luz bajaba del cielo
y amarillenta, reposaba oscura y letal en las fuentes
de la plaza, un hombre esperaba el tranvía,
leía el diario, otro
pensaba en cualquier asunto, la sangre
seguía transportándose anónimamente
en el campo, en la pampa inmensa y desolada,
podían sentirse en ese instante
los mugidos melancólicos, el frío
levantándose entre los pastos hacia el rocío,
la noche aproximándose, un muchacho
llamando a su perro, a lo lejos.
Todas las cosas.
Y aquí adentro, también,
todas las cosas estaban ocurriendo en ese momento,
era ese instante una gestación, era eso.

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Los viejos

Nuestro país es joven por eso sus viejos
están metidos en la vida y en la muerte,
con las aguas del Tiempo cabrilleándoles
en las cinturas pesadas de ropas
y de chales, y de enaguas púdicas. Volved a ellos
y veréis los días en límpidas fotografías
cuyos daguerrotipos todavía traen la sonrisa
de una patria igual a sus antiguas bocas,
a sus plegados ojos: lo que vieron abuelos patriarcales
y potros cerriles de pampas sin alambres
y guitarras encendidas. Yo veo en ellos
el sórdido desgaste de virtudes y el tedio
de amarillos papeles
donde tejerán mañana la historia de los hombres,
en unas habitaciones frías remontadas hacia el pasado.
Los viejos tejen en sí el hilo armonioso
de un enlace futuro
y en sus arrugadas manos
el Tiempo pliega melodías y muerde la muerte
una atadura gastada ya
cuando la lúcida memoria devuelve anécdotas y fabulas;
y así el hombre comienza a envejecer
con los primeros muertos

en su corazón.



en Veiravé, Alfredo (2002) Obra poética. Tres tomos. 1ª edición. Nuevo Hacer Grupo editor latinoamericano. Páginas 119-160 Tomo I.

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